“Con Goethe y con retraso en su aniversario (1749-1999): algunas exploraciones en torno a la constitución de un mito”

Ángel Repáraz

Madrid, enero·febrero 2001

I

Una ocupación indagatoria y respetuosa con la tradición recibida del autor Goethe no debe limitarse ingenuamente a las exigencias de la investigación de fuentes entendida en sentido restringido. Y ello porque esa tradición se retroalimenta y, parcialmente, autonomiza, y, en consecuencia, hay abundantes causas de la conformación de la figura en tanto que mito internas a la recepción misma, lo que no es difícil de detectar en el legado de la gran filología goethiana (Gundolf, Simmel, etc.). Además, y en conexión con esto, no ha habido un solo nombre de entidad de la literatura posterior en lengua alemana que no haya sentido la tentación de medirse con Goethe, también en el rechazo. Ahí está Heine, o la conmovida admiración de Nietzsche por la –tan spinoziana- goethiana aceptación panteísta de “la vida”, o la “Provincia pedagógica” del Glasperlenspiel de Hesse, o las Buckower Elegien de un Brecht que adivina o desea la muerte. Por razón de ello, y antes que nada, es aconsejable huir del sumiso celo biografista que alguna vez ha podido hacer de un ser profundamente problemático un intocable figurín de vitrina; intentemos más bien un poco de arqueología en busca de dimensiones del mortal que no disuenen de nuestras reconstrucciones hipotéticas. La estatua de 1857 ante el Nationaltheater de Weimar nos muestra a un Goethe algo más alto que Schiller –la realidad era muy otra. Si en las presentaciones al uso la Klassik tiene por singular signatura histórica la tensión entre universalidad ética y privación –y miseria- local, el destino de Schiller, por no hablar de Eckermann, es su verdad concreta. Pero también el de Goethe. Persiguiendo los hitos de cierta “construcción” del personaje encontramos por doquier al maestro de la forma, al gran chamán de una colectividad, Statthalter deutsch-bürgerlicher Bildung (Kemp), al último uomo universale, al abogado del autocontrol formativo. Pero: Immer wieder ist er das: ein Scheiternder, Fliehender, ein neu Ansetzender: wo ist das Denkmal, das ihn so zeigt?1

II

El mythos ha encontrado correspondencia en el latín fabula; en el uso actual la entendemos como una ficción que comporta una verdad psicológica2. El mito conlleva creación, elaboración: del mitificado y los mitificadores. En la taxonomización de los géneros de sus Einfache Formen (1930) sitúa Jolles el Mythos como Frage –por oposición a Behauptung, Stille, Imperativ y Optativ- y en el plano de lo idealistisch –por oposición ahora a realistisch. Una pregunta abierta, por tanto, y una “idealización” se alojan en el imaginario colectivo. Su singularización está en el mitema del análisis estructural de los mitos de Lévi-Strauss: “Conjunto de items que comparten un rasgo funcional individual”. Intemporalidad, multivalencia, pregnancia simbólica, valor suficientemente general, naturaleza proteica, potencial de respuesta al inconsciente de una colectividad: marcas de los lugares vacíos que han buscado compensación en la conciencia de la verspätete Nation (H. Plessner).

Goethe no se ha inventado una mitología en el sentido en que lo ha hecho –y una afín a las formas tradicionales- William Blake. En su lugar: Überall das ‘bestehende’ Sein, nicht die –für Goethe- ephemere Geschichtlichkeit3. Ver ahistórico, verse y querer ser visto asimismo ahistóricamente, siempre las imposiciones constricciones del arquetipo. Las Wahlverwandtschaften son una novela concebida como ahistórica desde su misma base (H. Mayer). Y sus Aufzeichnungen de 1786 y 1788 están extrañamente distantes de cualquier tipo de reflexión sobre acontecimientos de la época.

III

Todavía hay miles de documentos sobre la actividad del Geheimrat que duermen en el Staatsarchiv de Weimar. En base a ellos W. Daniel Wilson ha publicado hace poco un libro demoledor, Das Goethe-Tabu, construido sobre el examen de las actas del Geheimes Consilium, al que Goethe pertenece en Weimar desde 1776. Y ha probado, por ejemplo, que se vendieron reclutas del condado como carne de cañón a Inglaterra para su guerra colonial de América. Decisiva en esto fue la intervención de Goethe, que también dirigía la Comisión de Guerra. Su dibujo Rekrutenaushebung in Apolda, de 1779, reproduce una escena desgarradora, sólo que él participaba en la leva (con muy mala conciencia), mientras las noches las dedicaba a la Iphigenie. No se abolió en Weimar el baqueteo para los desertores, que a menudo morían desangrados; el jurista Goethe leía todavía pocos años antes a los enciclopedistas. De la prolongada ‘contestación’ inicial al mito en formación proporciona G. Keller un buena resumen: Ich weiss nicht, schmerzt es mich mehr, dass Goethe ein so grosses Genie war, oder dass das grosse Genie einen solchen Privatcharakter oder vielmehr Privatnichtcharakter hatte?4. Más extremoso contra esa carencia de médula civil, Hebbel pensaba que debiera habérsele colgado después de las Wahlverwandtschaften. La colosal biografía psicológica de Eissler (1963) proporciona una radiografía, impresionante en su sobriedad, de las sombras de la “novela familiar” del artista.


IV

Goethe legte sozusagen das Fundament für seine eigene Legende. Dieser Mann, der Vorrechte für sich beanspruchte, die anderen Sterblichen verwehrt sind, nahm für sich auch das Privileg in Anspruch, der Nachwelt die Meinungen über sich nach seinen eigenen Wünschen aufzuzwingen.5 Nos encontramos aquí en el punto exacto de las dificultades de cualquier filología goethiana, porque sobre su vida ha hablado mucho este incansable autobiógrafo, con un intenso índice de (auto)estilización casi siempre. Al igual que la propia obra, ha comentado la propia vida con más detalle que ningún otro clásico, y a partir de los Diarios de alguna fase de su juventud podemos reconstruir con exactitud el transcurso de sus días (también ha dejado pistas que acaso hubiera preferido ocultar; así, su obsesividad juvenil por el Hamlet). Se ha tomado con apasionamiento como punto de partida de toda reflexión, utilizándose como tema de sus trabajos poéticos; en efecto, en la conversión de Goethe en una “figura sagrada” (Trías) es muy determinante su pasión de escritura, de inscripción de sí: “Todo lo vivido se convierte así en inscripción, se vive y escribe a un tiempo.”6. Un egómano “de un genio autobiográfico por antonomasia” (Cansinos) –desde Dichtung und Wahrheit y sus Diarios, a la elección de los unos apologetas llamados Hegel, Schopenhauer, Eckermann.


V

Es conocido el entusiasmo primero de F. Schlegel por el Meister (...so ist auch alles Poesie, reine, hohe Poesie7), con juicios que hoy en día nos parecen suscribibles. Schlegel, responsable de una gran parte del utillaje conceptual de la escuela romántica, ha caracterizado aquí a Goethe como el fundador de la poesía nueva (de interés que esa veneración por Goethe de los Schlegel le fuera insoportable a Schiller). Aunque sin cegueras; en una carta a su hermano August Wilhelm ya de 1792 hace balance de la productividad literaria de Goethe, para concluir: es ist aber bald ein Höfling draus geworden. Es un sentir muy extendido; también Schiller ha visto el fracaso de la existencia de Goethe. En general, los filósofos románticos fueron ampliamente generosos tendiendo vías para su sobredimensionamiento mítico; Schelling y Hegel declaran el Faust I respectivamente como mythologische Hauptfigur y absolute philosophische Tragödie del pueblo alemán. También Madame de Staël tiene pronto (1813) buenas y finas presentaciones del Goethe dramaturgo, y del Faust I, y para el extranjero. Cierto que la Staël, muy madrugadora en la difusión de la figura del escritor –es ella la que crea el mitologema de la “ciudad de poetas y pensadores” (Weimar)-, es contemporánea de Kotzebue, que en Der Freimuthige de Berlín encuentra deficiencias gramaticales en el alemán de Goethe. El entusiasmo sin límites de Novalis era para Schiller, con Goethe tuvo más dificultades; como es sabido, en el Heinrich von O. encontramos el monumento a Goethe que es Klingsor, pero acaso debiéramos prestar más atención a sus notas. Tieck ha venerado inicialmente a Goethe, para al final despacharlo (1848) con términos –estilístico-literarios, interesantemente- como steif, hölzern y gemeinräthlich; tampoco ha tomado demasiado en serio las opiniones de Goethe sobre literatura y no lo ha considerado crítico a la altura de ese nombre. A tener en cuenta asimismo el análisis de Engels (1847), para quien Goethe es a ratos un genio y a ratos un filisteo, y la causa es que [Goethe] war nicht imstande, die deutsche Misere zu besiegen; im Gegenteil, sie besiegte ihn.8

La historia de la literatura alemana de Wolfgang Menzel (1828) es tempranamente antigoethiana; Schiller, por cierto, queda muy por encima en la comparación . El ataque es ya político, y se pone en picota su oportunismo: Goethe schwamm immer mit dem Strom und immer oben wie Kork. Para el impulso liberal del Jungdeutschland la literatura ha de desempeñar una función moral, sobre todo una social. Particularmente Börne y Heine han tomado buena nota del proceso de calcificación del ya anciano, todo lo ‘armónico’ que se quisiera, pero donde se ha abdicado de todo impulso combativo. El mordiente de Börne, como Keller, explica el patriotismo tan endeble de Goethe y su nula conciencia social por debilidades de carácter, por egoísmo, falta de hombría, Liebedienerei. En una carta del 27.05.1830, después de leer el Diwan, observa: Das zahne Dienen trotzigen Herrschern hat sich Goethe unter allen Kostbarkeiten des orientalischen Basars am begierigsten angeeignet. [...] Goethe ist der gereimte Knecht, wie Hegel der ungereimte.9 El “nazareno” Börne, radical y ascético, es seguramente el más representativo entre los ideólogos progresistas que, todavía en vida del autor, lo recusan como Fürstenknecht, con una impugnación que viene del radicalismo político, pero que se detiene en lo estético. Hay, desde luego, en todos estos anatemas bastante del extrañamiento del Goethe final con sus lectores alemanes, a quienes empezaba a resultar incomprensible en su conducta, en sus tesis. Heine, que como lírico no se desprenderá nunca de Goethe, en especial del Diwan -ni del Faust-, tampoco cuestiona su talla de poeta, y si la energía liberadora de su lírica panteísta no puede ser puesta lo bastante por alto, al mismo tiempo tropieza críticamente con la “objetividad” del artista-político, con su negativa a aceptar los conflictos, y no son raras las expresiones de desagrado contra el abgelebter Gott y, el término es particularmente feliz, el Zeitablehnungsgenie.

El culto a Goethe en el sentido apuntado de “transferencia de sacralidad” comenzó probablemente con el Goethes Briefwechsel mit einem Kind (1835) de Bettina von Arnim, escasamente fiable por más que funde un cierto estilo de recepción goethiana, y con su proyecto de monumento al francfortés en su ciudad natal, en que el propio Goethe intervino gustoso. Pero el primer centenario pasa casi inadvertido en la escena literaria alemana, y el período 1830-1880 marca el punto más bajo en su reconocimiento público. Más tarde, hacia el cambio de siglo, Goethe ha tomado ya posesión de los textos escolares y es el guía-educador de la juventud y el depósito de respuestas a las cuestiones más urgentes de la existencia. Es el modelo de Rudolf Steiner, que lo defiende incluso frente a Newton. Central en la leyenda del olímpico ha sido Gundolf, cuyo Goethe de 1916 alcanza enorme resonancia. Aquí Goethe es ya el hombre para quien la literatura no es tanto oficio o autorrealización como la única expresión adecuada de su ser más íntimo. El método de Gundolf es más biocéntrico que biográfico, se ha dicho, dado que, más que de la vida, se ocupa de ese núcleo esencial e irreductible del poeta que se despliega en las obras. La unicidad del creador Goethe le hace responsable sólo ante su legalidad artística íntima; ahora bien, en tal caso no es aplicable al autor ningún criterio estético intersubjetivo. Individuum est ineffabile, y Goethe en tanto que concreción encarnada de la poesía se nos escapa. Más avanzado nuestro siglo, la convenida Geistigkeit goethiana se acabó constituyendo como el programa contrastivo de la “civilización” francesa y el “intelectualismo” judío. Sobre todo O. Spengler y E. Jünger han retomado la veta idealista de Schelling y Hegel e intentado extender a todo el ámbito occidental el “sentimiento vital” fáustico-elitista10. En el extremo opuesto está Freud, cabeza de fila de un método de análisis empático y penetrante de textos literarios que alguna vez logra obras maestras (“Un recuerdo infantil en Poesía y verdad”, referido a la conocida escena en que el niño arroja la vajilla por la ventana)

Un nuevo golpe de ariete al intocable llega ahora de Benjamin, que ha recordado que Klopstock, Wieland, y hasta Herder, han reaccionado con disgusto ante la obsequiosidad de Goethe con sus amos. Cierto que la dependiente amistad de Goethe con Karl August dio al poeta garantías materiales de una “regencia espiritual” y literaria amplia, para Benjamin la primera europea después de Voltaire11. Bejamin sitúa a Goethe como anomalía entre los alemanes, obligado a movilizar toda su energía defensiva contra el carácter de su pueblo. Pero también conoce los límites de la verdad del artista cuando denuncia sus “inconsistentes máximas humanitarias”, aun y admitiendo que sólo puede hablarse de una liberación de la lírica alemana de los círculos de la descripción, la didáctica y la acción desde el Goethe de Estrasburgo12. En la alimentación del mito son también factores importantes los llamados Goetheahnen, que incluyen a épicos como Thomas Mann y Wassermann, dramaturgos como Hauptmann y Hofmannsthal y líricos como St. George y Dehmel. Goethe como emblema del más depurado impulso humanista: la expresión del mitema es ya acabada en Hofmannsthal, para quien Goethe “representa la base de formación de una civilización entera”13. En su Buch der Freunde ya no hay inhibiciones: Wir haben keine neuere Literatur. Wir haben Goethe und Ansätze. 14

Un interés singularizado merece Thomas Mann, ya desde la innegable similitud de la organización pulsional básica de ambos escritores. Lotte in Weimar es de 1939: por tanto la figura mítica está vigente, y puede emplearse contra la barbarie. Mann recupera y fija el tipo establecido, ampliándolo soberanamente con lo formalista de los usos de Weimar y con la fría estilización del artista, un sexagenario esclavo de manías inveteradas, pero también fiel a su “yo íntimo” indestructible (y aquí schopenhaueriano). El monólogo interno del capítulo VII –primera aparición de Goethe- es el de un hombre desengañado y calculador; costosamente construido a sí mismo, un nihilista angustiado. Muy atendible sobre esto W. Muschg, para quien la imagen de Goethe es una máscara tras la que está el propio Mann en una especie de autorretrato en parte paródico y en parte dramático. Y, con todo, el joven Mann es un schilleriano declarado –hasta su homenaje último, Versuch über Schiller (1955)-; a Goethe lo admira, y no sin reticencia. Puede pensarse que también por eso los esfuerzos de Mann por presentar un Goethe modélico a los jóvenes alemanes de los 30 hayan sido baldíos. Lo que queda del mito es después apuntalado en los círculos académicos de la posguerra, época de reconocida penuria en la legitimimación de los alemanes como ‘nación cultural’: Emil Staiger, Benno von Wiese, Wolfgang Kayser, etc. En sí no se modifica demasiado el paradigma tradicional de los estudios goethianos; son concienzudos comentaristas del algo beatamente admirado, estudiosos que transitan por la filología de detalle con una cierta indiferencia frente a las exigencias de la época –por no hablar de quienes, como Holthusen, afirman que “no estamos ya a la altura” de la palabra de Goethe. Ernst Robert Curtius fue más innovador, más libre; Curtius, representante eminente de la generación de filólogos de entreguerras, ha determinado sin embargo ver al grande casi como solo grande, y cree aislar un rasgo goethiano admirable en la crónica insatisfacción consigo mismo y en su disposición permanente a la reorganización de la propia personalidad. Y otra de las paradojas: en buena medida, el lector atento del Globe y del Times que fue Goethe vivía en la Edad Media.

Hans Mayer ha caracterizado el burdo conservadurismo jurídico de Goethe como equiparación de ‘justicia’ y ‘positividad jurídica’ dada. Pero tampoco ha dejado de ver la dureza y la frialdad con que Goethe analizaba el régimen feudal-absolutista, muy en contradicción con sus privilegios personales de favorito y consejero absolutista15. Nadie fue menos armónico y lineal que Goethe, he aquí informada demolición del trabajo apologético de generaciones de germanistas. Tras esto falta muy poco ya para el dicterio de Sacristán, que condena “la conformista aceptación goethiana de la mala realidad”16. Al anacronismo militante que es Goethe, no obstante, le llegan luego las rebajas de condena, y hasta la absolución final, por cuanto ha “entendido” el espíritu de la alienación (de la primera revolución industrial) y la aspiración de la humanidad a plenitud. Interesante la apostilla complementaria de Trías: “Su cinismo era, pues, sencillo conocimiento ‘amargo’ no tanto de los humanos en general como de sus contemporáneos en particular”17.


VI

También se ha dado subestimación miope de sus trabajos científico-naturales por el otro extremo, que comienza en el segundo tercio del XIX y se concentra en la alocución de Du Bois-Reymond, rector en Berlín en 1882, Goethe und kein Ende. Sus trabajos son condenados como juguetonería impotente de un diletante autodidacto; el poeta-naturalista, por cierto, se ha defendido de Newton y sus teorías con una saña que autorizaba el dicterio del rector: bis zum Unglaublichen unverschämt, barer Unsinn, aber ich sehe wohl, Lügen bedarf’s und über die Massen, por no hablar del ekelhaftes Newtonsche Weiss18. Benn en general habla con entusiasmo del valor instrumental de las ideas goethianas sobre la morfología comparada, con excepción de la teoría de los colores –Hegel y Schopenhauer de su lado, pero no Lichtenberg-, tan ilustrativa por otro lado de un pensar “intuitivo”, poético, gegenständlich, que desdeña la investigación leal y el método analítico y físico-matemático ya disponible en su tiempo 19. Y no hace tanto que Heisenberg ha tributado un homenaje –muy crítico- al intuicionismo goethiano.

VII

Desde Nietzsche hasta Spengler y Klages, pasando por Gundolf, y hasta Chamberlain y Rosenberg, Goethe se ha convertido en el involuntario fundador de la imperante concepción del mundo, antievolutiva, antiprogresiva, irracionalista.”20. He aquí una denuncia crasa de la mala utilización malvada del legado, frente a la que Lukács propone la suya (“[...] la nobleza tiene para Goethe un valor exclusivamente como trampolín, como condición favorable a esa formación de la personalidad”21). Goethe y los mitemas que han poblado su recepción están en cualquier caso muy claramente asociados a la figura de Fausto. Lo “fáustico”, en efecto, hacia 1870 utilizado sólo descriptivamente, adquiere en la Alemania que ha derrotado a Francia dimensiones de altanería chauvinista, más tarde subtonos ideológico-agresivos, para identificarse después con un determinado deutsches Wesen, y no es por azar que en la I Guerra Mundial los soldados alemanes hayan llevado el Faust en la mochila. Spengler –su Untergang des Abendlandes aparece entre 1918 y 1922- cronifica luego el núcleo del discurso, oponiendo lo “fáustico” occidental-alemán a la Antigüedad “apolínea” y las culturas “mágicas”22.

Por supuesto que existe una política en la comercialización de lo “clásico”. La devoción casi soteriológica –que no excluye a escritores como Lukács- por Goethe no se ha detenido en un mundo que le hubiera sido irreconocible. Hay razones narratológicas que pueden haber ser coadyuvado, bien entendido: Goethe es todo menos un pensador sistemático, y sus desarrollos incorporan a menudo su propia posibilidad de negación. Jamás sintió el deseo de ocuparse ordenadamente con la literatura alemana o las extranjeras; pensemos también en esos trabajos algo erráticos publicados como Schriften zur Welliteratur. Su reflexión política está limitada auf Immanenz und Negativität (H. Mayer), o es estérilmente “genérica”, véanse las abundantes Maximen. Nach Pressfreiheit schreit niemand, als wer sie missbrauchen will: también cosas así se leen en las Maximen und Reflexionen. El ilustrado y reformador que fracasa en Weimar recibe el 3 de junio de 1782 el título de nobleza extendido por el emperador. No ha sido maledicencia de Novalis: Goethe se ha encontrado muy cómodo en la Alemania preburguesa.. Aún así: “Pocas vidas resultan tan misteriosas, tan extravagantes. Y la razón de ello estriba, acaso, en su extraordinaria sencillez.”23 Seguramente hay que incluir entre esos vectores su célebre egoísmo, su radical “ir a la suya” (Trías). Pero son “su indecisión congénita, su parálisis vital” (Trías) las que nos lo hace más vecino. Sigue produciéndonos extrañeza ese hombre –su rechazo horrorizado de la Penthesilee de Kleist, o de la música de Beethoven, los trabajos no ejecutados, o ejecutados a medias, o contra su convicción (el penoso encomio grecizante de la Santa Alianza), su voluntad de autoengaño en la Farbenlehre. Pero el mito es tenaz.

La lucidez de W. Benjamin ha empezado por los supuestos materiales: “[Goethe] no podía pensar la cultura burguesa de otra manera que no fuera en el marco de un estado feudal ennoblecido”24. La “oposición burguesa” (Benjamin) que ejercía en el Götz y el Werther fue de corta duración, por fuerte que fuera el Weltekel 25 e intensos los impulsos agresivos contra una sociedad hostil que bloqueaba el amor, la autenticidad y la libertad 26. De ahí surgió en todo caso el nihilista político sobreprotegido por la Repräsentationsroutine (Hans Mayer). “No tiene sentido juzgar su actuar y sus gestos según una escala abstracta de las buenas costumbres.”27 Sabemos demasiado del escepticismo del escritor sobre sí mismo para que no nos resulten grotescas las prolongadas tentativas de armonización de su escritura con el avatar colectivo alemán (en la antigua RDA se trabajó muy activamente por rescatar los valores “protosocialistas” de su obra, Johannes R. Becher lo ha celebrado bombásticamente en 1949 como liberador y W. Ulbricht en alguna ocasión presentó su política como ejecución de los ideales goethianos). Si Goethe es clásico lo es más por su asombrosa modificabilidad, que deja vía expedita para que nuestra libertad de lectores se asombre con la intensidad de su vivir o con un estilo reflexivo y emocional que ya a los filósofos contemporáneos les parecía risiblemente carente de principios. La última carta que escribe en vida, de marzo de 1832 y a W. Von Humboldt, puede ser leída como síntesis de una existencia que ha sabido que tan sólo lo insuficiente (Unzulängliche) puede ser productivo. No siempre ha visto estas cosas la muy sentimentalizada filología positivista goethiana del XIX y de principios del XX .

En parcial relación con Goethe, Adorno ha diagnosticado que “en la situación histórica actual [los sesenta]” hay cosas que hablan en favor del alejandrinismo, del trabajo ancilar de exégesis: Scham sträubt sich dagegen, metaphysische Intentionen unmittelbar auszudrücken28. Así, los textos profanos se leen como sagrados cuando la transcendencia emigra a lo profano. Pienso que ahí, y en la especificidad del desarrollo histórico alemán, está el sustento de la funcionalización mítica de Goethe, a quien ya en vida se le llamaba göttlich. Más o menos entre 1880 y 1989 –caída del Muro de Berlín- Goethe ha sido elevado a icono de la “identidad” aleman. Mas sólo un deliberado escamoteo de los hechos textuales y biográficos puede obviar lo demasiado humano de sus envidias, sus deserciones, su dependencia del éxito y su receptividad para el elogio, hasta de sus pequeñas y mezquinas venganzas. La salutífera desmitificación la ha resumido muy bien Thomas Mann al hablar de las debilidades goethianas, para agregar: Er ist sehr gross, aber er ist wie wir alle.29.


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1 Seehafer, p. 200.

2 Cuddon, p. 562.

3 Mayer 1987, p. 27.

4 Citado en Leppmann, p. 203.

5 Eissler, p. 1143.

6 Trías, p. 127.

7 Schlegel, p. 266.

8 Citado en Leppmann, p. 165.

9 Unseld, p. 457 y ss.

10 Curioso que Hannah Arendt desatienda la ‘explotabilidad’ totalitaria de la figura de Fausto en sus impresionantes Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft (Piper, München 1996, primera edición norteamericana 1951). Goethe es citado cinco veces, pero nunca en relación con el Faust.

11 Benjamin, p. 146.

12 Benjamin, p. 142.

13 Rukser, p. 12.

14 Citado en Leppmann, p. 212.

15 Mayer 1987, p. 38.

16 Sacristán, p. 12.

17 Trías, p. 123.

18 G. Benn en Mayer 1967, p. 399.

19 G. Benn en Mayer 1967, p. 400 y ss.

20 Lukács, p. 67.

21 Lukács, p. 95.

22 Raders, art. cit.

23 Trías, p. 100.

24 Benjamin, p. 153.

25 Ernst Bloch en Mayer 1967, p. 20.

26 Ernst Bloch en Mayer 1967, p. 20 y s.

27 Benjamin, p. 163.

28 Th. W. Adorno en Mayer 1967, p. 330.

29 Thomas Mann, Gesammelte Werke in dreizehn Bänden, tomo IX, Fischer, Frankfurt 1974, p. 348.