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Rezensionen / Reseñas


Gutiérrez Rubio, Enrique, Conocer a R. M. Rilke (1875-1926). Madrid: Ediciones del Laberinto, 2010, 189 pp. (ISBN 978-84-8483-457-1)


El habitante final del torreón de Muzot —sin teléfono y sin luz eléctrica—, ha sido ídolo de unas cuantas generaciones de lectores, y en nuestra enrarecida posguerra santo y seña ritual entre los iniciados, que aventaron mucho el topos de la muerte propia del ciclo tercero del Stundenbuch. Se ha repetido suficientemente que España para Rilke ha sido la experiencia extática que venía buscando; nuestro ego nacional de entonces, severamente aquejado de avitaminosis, recibió agradecido el aporte calórico. Lo que no se ha atendido ya es la intensificación del afecto anticatólico del poeta tras su viaje a España —léase su ‘Carta de Córdoba’—; curioso que también por parte de la España subterránea e hiperpolitizada fuera objeto de devoción un autor nulamente político e incapacitado por lo mismo de leer los destinos individuales en su determinación histórico-social (aunque también están sus Fünf Gesänge de 1914, una advocación al “dios de la guerra” que lamentó pronto, y sus arriesgadas simpatías por la revolución de Múnich de 1919). Rilke, como quiera que sea, vivió con una consecuencia juanramoniana el estilo humano del poeta puro. Podrá ser un hecho la “falta de compromiso” que le atribuye Gutiérrez Rubio, pero él era de otra legalidad, la única que se impuso y que reconoció. ¿Es hora de hacer un balance más diferenciado? Todo un Heidegger en sus Holzwege nos ha llamado a la prudencia: “No estamos preparados para la interpretación de las Elegías y los Sonetos, pues la zona desde la que hablan no está todavía suficientemente pensada en su construcción y unidad metafísica […]”. El personaje es por cierto muy difícil de aprehender desde la biografía exterior, todo un carrusel de localidades, encuentros y despedidas. Gutiérrez Rubio, en la línea de alguna otra biografía reciente como la de Palau, contribuye al redimensionamiento del poeta.


Porque las irónicas instrucciones de uso de Perec no sirven en absoluto para la aproximación a esta vida, cuyo titular se ha autoestilizado muy a conciencia, desde la bohemia praguense de los comienzos hasta la lápida de Raron. Le pareció lo más natural del mundo ser huésped de lujo en castillos y palacios, y se han avanzado plausibles explicaciones psicoanalíticas de ello. Sabemos que poco después de nacer quien sería bautizado como René Maria se produce la muerte de la hermana mayor, y que la madre desplaza fatalmente hacia el niño las ilusiones truncadas. El complejo de Edipo convencional sería más tarde nutrido con figuras maternales reiteradas, desde la temprana Lou Andreas Salomé hasta la munificente princesa de Thurn und Taxis, y todo el arco intermedio. Suele afirmarse que el programa de su vida consistió en desprenderse de las rebabas de la materialidad para quedarse con la obra de arte; y bien, una existencia abducida en exclusividad por la misión artística tiene que sufragar los costes ocultos por otros lados, por las renuncias o las manquedades. Como tarde en septiembre de 1896 —tras un paso fugaz por la universidad de Praga y con alguna colección de poemas publicada— lo ha dejado todo para plantarse en Munich y comenzar su vida permanentemente errabunda. Rilke nunca tendrá una vivienda en propiedad y sólo en los años anteriores a la guerra se calcula que ha vivido algún tiempo en unos cincuenta sitios distintos.


Hay acuerdo en considerar como centro magnético de su obra “la grandiosidad de las elegías duinesas”, transidas de Hölderlin y Goethe y de una intensa nostalgia por la vida sencilla y los ritmos naturales; pero ya el Stundenbuch había sido una cumbre, y sólo bastante después se reconoció en su valor. Las Elegien son parte del fresco espectacular de la gran poesía de los años 20, y es habitual asociarlas a Eliot. Puede suponerse que la condición para la aparición de esta supernova fueron las transferencias significativas en la simbología católica que Rilke ya había llevado a cabo en las fases precedentes —sorprende la frecuencia con que en sus primeros poemarios aparecen voces como Gebet, Madonna, etc. —, y la constitución así de un personalísimo idiolecto ‘teológico’ (bien es verdad también que la exaltación de los pobres o mendigos de, pongamos, el Stundenbuch puede resultarnos hoy algo chocante). Todo ha sido integrado en el designio del artista, que partía de la clara conciencia de su vacío interior y de las amenazas derivadas; es lógico que el propio Rilke considerara su obra como una forma de “autotratamiento”, según confesó al psicoanalista Emil von Gebsattel en 1912.


EGR recuerda que la rilkeana ‘Trilogía española’ era para Heidegger “una de las tres obras poéticas más logradas de todos los tiempos”, y el propio Rilke es reputado por el autor de esta monografía el “mayor poeta de lengua alemana del siglo XX”; acaso después del postestructuralismo y las sucesivas ‘muertes’ del autor debiéramos ser más cautos con la jerarquización de los iconos. A Rilke le debemos reconocidamente la primera novela auténticamente moderna en lengua alemana -el Malte, por supuesto-, la novela de la gran ciudad como espacio de la desolación (en la décima elegía se aludirá a una Leid-Stadt). En general, el Rilke último es representante destacado de la gran sacudida en la conciencia europea que siguió a las carnicerías de la I Guerra Mundial, y no extraña nada encontrar por entonces “sentimientos de pérdida y vacío de varias generaciones literarias y filosóficas”. No mucho después St. Zweig compondrá la elegía del ‘mundo de ayer’ y el último Husserl diagnostica la profunda Krisis que experimentaba Europa: aquí se inserta el negro tono admonitor y profético de las Elegías y los Sonetos a Orfeo, que también son la recuperación de los grandes mitos fundantes de nuestra cultura.


Los registros formales de su pasión lírica los domina con seguridad magistral desde el comienzo, sin perjuicio de las adherencias del momento. Ése era el único valor por él admitido — “Ich bin zu Hause zwischen Tag und Traum”, se lee en Mir zur Feier (1909)—, y su misma correspondencia no ha hecho sino la crónica, sincopada en clave poética, de una vida y sus déficits. También por esta causa probablemente haya que leerlo en su relación ‘circular’ con Goethe y Hölderlin y hasta, por detrás, Trakl. Y quizá asimismo por esa misma pulsión incesante bastantes de sus versos acarrean banalidad, una banalidad bastante goethiana, valga la expresión. Por debajo discurre casi siempre la fuerza, la verdad interna de lo que el poeta está entreviendo, su ascetismo: las marcas de autor que han hecho de él enseña de extrañados y displaced persons de todo tipo. Lo fue él en su vida desasida, como sabemos; no asistió a la boda de su hija Ruth en mayo de 1922, ni conoció a su primera nieta, Christine. ¿Y si aquí se encuentra la expresión del non serviam de quien impugna todo un orden cultural, dioses de la tribu incluidos?


Durante su vida, y al igual que Goethe, ha asimilado lo mejor de la dádiva de los encuentros: con Lou o con Rodin, en Rusia con Tolstoi y en Worpswede con la comunidad de artistas, con Zuloaga, Valéry o Gide (y los encuentros puntuales: G. Hauptmann, Unamuno, Freud). Hay también otro Rilke, muy dado a abandonar proyectos, o el que adivinamos en las Sieben Gedichte (1915) o en alguna narración de juventud. En la filigrana de su correspondencia desde España está su proyección empática con el dolor de los animales, pero también el miedo como resorte último de una vida. Estamos todavía lejos de haber pasado a limpio el manuscrito que ha sido la persona Rilke, con todo y el torrente de confesiones que contiene su ciclópea correspondencia con mujeres (forma un porcentaje elevado de las más de seis mil cartas conservadas). Pero tendremos un conocimiento más afinado del hombre y la obra si los situamos frente a los pares de su primer recorrido, el neorromanticismo de Th. Mann o Hofmannsthal. Muy pronto, en efecto, adquiere Rilke aquel habitus que la Huch filió como romántico: la vida sin familia, sin patria y sin profesión, que en su caso cristaliza en la epifanía del Malte, diario minimalista de un excluido. Que Rilke es un grande hace tiempo que es de aceptación común -aunque también cabe ser sordo para su música, Auden es un buen ejemplo-; y su universo, en la madurez paralelo al primer fulgor del existencialismo alemán -Rilke ha sido un atento frecuentador de Kierkegaard-, incluye también en sus vías menos conocidas piezas de la calidad del Florenzer Tagebuch o los poemas franceses del final. Tampoco es fácil defenderse de la impresión de que el innegable aliento metafísico del poeta, presente ya en el Stundenbuch -el poeta para EGR “trata de acompañar y confortar a Dios”, un dios necesitado así de su criatura, como el de Hans Jonas-, o, de nuevo, en el empeño autoeducativo del Malte, habría resultado vigorizado con una más intensa dedicación filosófica por parte del autor. Como sea, el peligro es siempre deslizarse a las lecturas patográficas del hiperestésico Rilke, que nos ha hablado como muy pocos de las profundidades reales que nos habitan, de lo abierto y lo arcaico, del destierro del reino de la infancia que acaba siendo el ensayo adulto de cada vida. EGR presenta una firme aportación a una mayor inteligibilidad de su espacio de ángeles, muertos/as prematuros/as y de héroes, de soledad y de “amores intransitivos”.


Ángel Repáraz

Dr. Phil. (Deutsche Philologie)

Gymnasium “Isabel la Católica”, Madrid.



Estudios Filológicos Alemanes (2011) 22, 319-341