El Catoblepasnúmero 67 • septiembre 2007 • página 9

Cuando la ciencia se volvió
terriblemente política

Ángel Repáraz

Sobre Carl Friedrich von Weizsäcker en su muerte

Carl Friedrich von Weizsäcker, fallecido el pasado 28 de abril de 2007, era parte de la historia alemana ya mucho antes. Fue el único físico mencionado en la carta –redactada por L. Szilard– con que en julio de 1939 Einstein llamaba la atención de Roosevelt sobre las experimentaciones que se realizaban en el Kaiser-Wilhelm-Institut de Berlín-Dahlem, que, podía razonablemente temerse al poco de haber sido descubierta la fisión del átomo, obedecían a una lógica militar. Tras la guerra no hubo en la RFA otro científico, Werner Heisenberg incluido, al que se otorgara un reconocimiento comparable por sus diagnósticos o sus propuestas para una Weltinnenpolitik –el término es suyo, y ha hecho época. Desaparece con él el último gran dinosaurio de la generación de físicos que, sin exageración alguna, cambiaron el horizonte de la vida sobre la tierra revelando formas energéticas, con fórmula de Robert, «más brillantes que mil soles»{1}. Según Kubbig, no se encontrará otro físico que haya meditado sobre los múltiples aspectos de la problemática atómica con la constancia, la amplitud y la profundidad que él les dedicó.{2} El encuentro de 1926 en Copenhague con W. Heisenberg, que trabajaba a la sazón con Niels Bohr, fue determinante en la vida del entonces adolescente.

No hay muchas dinastías familiares alemanas con un pedigrí de la dimensión del de los Weizsäcker en capítulos como la brillantez intelectual o la intervención en la gestión pública en puestos destacados{3}. Con todas las quiebras y contradicciones que se quiera, representan lo mejor del Bildungsbürgertum alemán del XIX y el XX. Los hermanos Richard y Carl Friedrich han sido personajes importantes en la constitución del discurso político de la Alemania democrática hasta hoy, pero ya el bisabuelo había obtenido con una traducción del Nuevo Testamento, muy difundida, el título nobiliario para la familia; su hijo Karl Hugo fue primer ministro de Württemberg hasta las turbulencias de 1919 y Viktor, hijo a su vez de Karl Hugo, uno de los precursores de la medicina psicosomática y antropológica. Ernst von Weizsäcker, hermano de Viktor y padre de Carl Friedrich y Richard, ofició mucho tiempo de Secretario de estado del Ministerio de asuntos exteriores y después de embajador ante el Vaticano de la Alemania hitleriana{4}. Y el ahora desaparecido ha estado en relación con multitud de prominentes de la vida intelectual o religiosa de casi todo el mundo; sus cartas, aparecidas en 2002, tienen por destinatarios, entre otros, a H. Böll, N. Bohr, E. Teller, M. Heidegger, W. Brandt, M. Buber, el Dalai Lama, Heisenberg, Popper, Gadamer, Jaspers, Kissinger y el Papa Woytila (éstas no publicadas aún). Quizá sólo con Bettine von Arnim se nos ofrezca para aquel país un ejemplo similar de figura intelectual como centro de convergencia de una densa red de corrientes intelectuales, artísticas o políticas.

La experiencia de su vida es el descubrimiento que hizo Hahn en 1938 de la fisión del átomo de uranio, lo que abría la posibilidad, de inmediato entrevista por los físicos, del empleo militar de las impensables cantidades de energía calórica liberadas en el proceso. En 1936 trabaja en el Kaiser-Wilhelm-Institut de Física de Berlín, y tres años después está integrado en el ‘Proyecto Uranio’, una agrupación no muy jeráquica de científicos alemanes de diversos centros que investigaban sobre reactores nucleares, separación de isótopos y, aquí tocamos el punto crítico, acaso también explosivos nucleares. Más de quince años después lo recuerda así: «Nos decidimos a intentar la construcción de un reactor. Sin embargo, no hicimos intento alguno de fabricar una bomba. Esta decisión nos resultó sencilla por la circunstancia de que reconocimos la imposibilidad de fabricarla en Alemania en las condiciones de la guerra. [...]. Se ha dicho que hemos evitado o impedido deliberadamente la construcción de la bomba, esto es una dramatización en la medida en que desde luego ya sabíamos que no estábamos en condiciones de hacerlo.»{5} De cualquier modo, en diciembre de 1939 presenta Heisenberg un informe secreto en una reunión del ‘Proyecto’, «La posibilidad de producir técnicamente energía en la fisión del uranio». El programa experimental, sin embargo, progresaba muy lentamente por las escasas cantidades disponibles de uranio y agua pesada, que tenía que importarse de Noruega. Aún así, se estima que en lo que respecta al reactor el programa alemán estaba hacia 1942 a un nivel similar al de las investigaciones americana o británica, a pesar de lo cual no fue clasificado como militarmente prioritario, muy probablemente por las citadas deficiencias de material y energía. Pero todavía en febrero de 1942 tuvo lugar una conferencia de tres días en el Instituto, organizada por el alto mando de la Wehrmacht y con asistencia de Speer, sobre los objetivos generales del ‘Proyecto’. Tiene interés destacar esto, señala Horst Kant, porque durante demasiado tiempo se ha insistido en la posguerra, señaladísimamente por parte de Heisenberg y von Weizsäcker, en que la bomba atómica no se construyó porque no lo quisieron los científicos{6}. Aún en 1944, y a pesar de las dificultades creadas por las carencias citadas y los ataques aéreos aliados, se llevaron a cabo cinco grandes experimentos en esta dirección. Quizá el citado libro de Jungk, muy divulgado en tiempos, haya dado una versión algo rosa del propósito de estos científicos, por más que, como también admite Kant, parezca real una cierta falta de interés por el proyecto en Heisenberg y Weizsäcker, y especialmente en Otto Hahn. Pero no necesariamente por razones éticas{7}.

Pero poco después del informe de Heisenberg había presentado von Weizsäcker en el verano de 1940 al Servicio de armamento del ejército otro suyo sobre la producción de energía con uranio, que concluía que el plutonio podría ser un explosivo más potente que el uranio 235. Lo comitrágico es que el comunicante deseaba presentárselo personalmente a Hitler con intenciones pacifistas, como ha contado después. Ni él ni Heisenberg llegaron al Führer; en lugar de ello visitaron en septiembre de 1941 en Copenhague al néstor de la física atómica, N. Bohr (¿para ganárselo para el programa alemán?, ¿para que transmitiera a los americanos el bluff de que ellos iban por delante del equipo del ‘Proyecto Manhattan?). Weizsäcker se retiró en primavera de 1942 a su cargo de profesor en la Reichsuniversität de Estrasburgo, aunque sin perder contacto con el ‘Proyecto’ y participando en discusiones periódicas; hay que preguntarse si un equipo organizado para la construcción de una bomba podía permitirse esta dispersión en la actividad de sus miembros. De nuevo von Weizsäcker en una entrevista de 1993: «En realidad, no estaba interesado técnicamente en la bomba, y tampoco en el reactor [...]. Mi interés era puramente político»{8}. El papel de Heisenberg, de todos modos, está aquí aún menos claro que el de su colega, más de 60 años después de los sucesos{9}.

Pues bien, bajo el control de las SS el 4 de marzo de 1945, poco antes del colapso final, en Turingia se realizaron pruebas con ingenios por lo menos en parte nucleares{10}, con pérdidas de muchos cientos de vidas (prisioneros de guerra sobre todo). Según Karlsch, nuevas investigaciones en archivos soviéticos y occidentales proporcionan la seguridad de que se trataba un «arma nuclear táctica híbrida», si bien mucho más reducida que las utilizadas en Japón. Esto situaría en una perspectiva muy distinta los testimonios de Carl F. von Weizsäcker (y pasando por alto el misterioso registro de su patente de 1941, del que nunca volvió a hablar: otro hiato en una vida). Responsable técnicamente de la prueba de Turingia fue K. Diebner, del grupo competidor en el Heereswaffenamt. Las preguntas con que uno se encuentra cuando lee trabajos recientes sobre el asunto son de una lógica inesquivable: ¿por qué Heisenberg y von Weizsäcker no han hablado nunca de este episodio?, ¿por qué no firmó Diebner más tarde la «Declaración de Göttingen»?

En abril de 1945 fue capturado por los aliados, que lo internaron, con Heisenberg y ocho físicos más, en Farm Hall, cerca de Cambridge (Reino Unido). Algunos interrogantes se despejaron sólo en 1993, al hacerse públicas las transcripciones –realizadas en secreto por los ingleses, pero, ¿no sospecharían algo los internados?– de las conversaciones que mantuvieron durante meses. De ellas resulta que von Weizsäcker, la figura dirigente del grupo, acabó por convencer a los demás para presentar una explicación única ante los aliados, la ya conocida de la voluntad que los había animado siempre de no construir la bomba. La historia, sobre cuyos detalles algunos de los participantes tenían opiniones bastante divergentes, era llamada por ellos die Lesart, la ‘versión’ o ‘lectura’ (auténtica, se entiende).

Fue también central en la célebre ‘Declaración de Göttingen’. Ya antes, en 1946, científicos que habían participado en el ‘Proyecto Manhattan’ fundaron la pacifista Federation of American Sciencists; al poco Einstein y Russell tomaban la iniciativa. En Alemania, y bastante antes de que se admitiera oficialmente, los americanos habían estacionado armamento atómico; F. J. Strauss es ministro de Defensa desde 1956. Al año siguiente, y junto a Otto Hahn, Werner Heisenberg, Max Born, Max von Laue –los 4 premios Nobel– y otros hizo pública la ‘Declaración de Göttingen’, por la que los firmantes rechazaban el rearme atómico de la RFA y se comprometían a no participar nunca en «la fabricación, prueba o empleo de armas atómicas». No tardaría Strauss en insultarles públicamente, pero fue sin duda la primera sacudida a la población alemana de su letargo; las movilizaciones en la calle contra la «muerte atómica» ya tenían el camino abierto. Todavía en 1983 opuso a la estrategia de la OTAN de una «defensa hacia adelante» un modelo puramente defensivo. El estacionamiento por parte soviética de los cohetes de alcance medio SS-20 fue contestada por los americanos y la OTAN con el despliegue de los Pershing-2 y los Cruise, sobre todo en Alemania; él, cabeza de fila del movimiento de oposición, veía al mundo arrastrado a la guerra atómica final. Dos años después se conjuraba la crisis, puesto que Gorbachov necesitaba la distensión internacional para sus reformas.

Para Hegel, una filosofía es su época captada en pensamientos. Más próximo a nosotros, Max Born expresaba su convicción de que la física teórica es, realmente, filosofía{11}. La física moderna, inesperadamente, presenta su candidatura a la dignidad de philosophia prima. Ciertamente es ya de conocimiento común que la relatividad y la teoría (sub)cuántica han hecho que se tambalee la idea clásica de un ‘mundo exterior’ estable, que podría ser objeto de conocimiento (o investigación) por un sujeto pulcramente separado; objeto, causalidad, identidad, tiempo, espacio, toda la armadura de las seguridades del pensar racionalista experimentaron serias erosiones en muy pocos decenios. De aquí arranca el von Weizsäcker físico/filósofo, que ha vuelto reiteradamente sobre el estatuto de «núcleo duro» de la ciencia en la cultura occidental moderna. Nada de cháchara de las dos culturas, por tanto, sino una sola con un centro irrenunciable; cuando se enfrenta críticamente a Nietzsche no deja de observar que sólo conocemos una historia irreversible del cosmos{12} que no admite otra interpretación que la proporcionada por la termodinámica –pero, por el otro lado, quien deseara doctorarse con él en Hamburgo tenía que estar en condiciones de leer a Platón en griego, como él (y Heisenberg). Tras esto quizá habría que preguntarse entonces por su posición en el campo de fuerzas de la filosófía alemana de postguerra, de trazado bastante complicado. Están G. Anders, Hans Jonas o N. Luhmann; más atención dedicó a autores como Karl-Otto Apel. Con Heidegger guardó alguna distancia, siempre admirativa («el maestro de mi generación»), frente a la hermenéutica filosófica de Gadamer o las corrientes (disidentes) de filosofía marxista, sobre todo la representada por la crítica social de la Escuela de Frankfurt, sin embargo, siempre estuvo algo sordo. Con sus supuestos y su formación se entiende que repute a Niels Bohr «probablemente» el más importante pensador del XX (‘complementaridad’: la validez simultánea de dos legalidades físicas que parecen excluirse; un micromundo en que queda en suspenso la disyunción exclusiva). Y, sin embargo, ha reconocido también que los doce años de Hamburgo, dedicados a explicar a Platón, Aristóteles y Kant, fueron los más dichosos de su vida. Si para Adorno después de la shoah la construcción kantiana se había derrumbado{13}, es justo entonces cuando el algo acrónico Weizsäcker empieza a filosofar.

Un sistema de vida como el nuestro, tan de espaldas a la realidad, sólo puede destruir esa realidad. Lo suyo son entonces contribuciones a un dignóstico de los peligros, y por eso mismo se queda un poco más acá del momento de la ‘terapia’{14}: es un admonitor, un precursor en el pensamiento (Vordenker). A partir de ahí su propia forma de crítica de la civilización técnico-científica empieza a cubrirse con el Adorno y el Horkheimer de la Dialéctica de la Ilustración, puesto que en ambas es central el grito de alarma por la mutación de la razón en sinrazón allí donde la primera no percibe sus límites. Aunque luego saque otras conclusiones, y ante la racionalidad del saqueo, el dominio y la apropiación predique una cultura de la renuncia que, en tanto que «ascesis democrática»{15}, ha de regresar a las virtudes de la modestia y el autocontrol (pero sin dejar muy claro quién o quiénes habrían de ser los sujetos ascéticos). El pacifismo radical es en tal punto la única vía practicable, por lo menos para un cristiano; el leibniziano von Weizsäcker hizo numerosos llamamientos para una conferencia mundial de las confesiones cristianas. Se declaraba procedente del liberalismo –bismarckiano, prusiano, no ciertamente al modo de Isaiah Berlin, por elegir a alguien que culturalmente no podía serle lejano– «político y económico»; admiraba a Lutero, pero sin amarlo, su corazón era para Herder. Pero no es tan sencillo amortizar las hipotecas de los propios orígenes, y su liberalismo tiene alguna adherencia del pensamiento sumiso (prusiano otra vez). Esto dicho, admitimos sin dificultad su insistente idea, muy de Weber también, de la raíz cristiana de la modernidad (un ensayo de Croce de 1942, señala Vattimo, tenía el título «Perchè non possiamo non dirci cristiani»{16}).

Aunque von Weizsäcker no participe de los temores de Adorno sobre la «vocación inevitablemente totalitaria de la tecnología moderna»{17}, no por ello renuncia a su compromiso como el «predicador ambulante para asuntos de la paz» que se consideraba, no hay que decir que sin abandonar en ningún momento la escrupulosidad conceptual y el control exacto del detalle de las formulaciones. En la última etapa de la vida acometió una exposición de la teoría cuántica{18} que si, con sus términos, se presenta como un paso adelante en la unidad real de la física (cuántica) como teoría, también hace incursiones en el mar abierto de la metafísica. Cuando menos a los no especialistas nos impone la densidad de los saberes movilizados, de la dinámica del continuo a la lógica intuicionista, de Bouwer, Kant, Gödel, Platón o Einstein al espacio de Minkowski (pero Penrose no la cita en su gran summa reciente{19}). Lo que casi parecían nostalgias plotinianas son confirmadas por la circularidad del pensamiento: «Hemos representado [...] el camino de la filosofía como una ‘circunferencia’: [...] de la lógica temporal a la física, de la física a la evolución de la vida, de la funcionalidad con el conocimiento (Erkenntnisförmigkeit) de la vida a los supuestos de la lógica.»{20} Son desarrollos además que recuerdan mucho en algún paso al Goethe (o al Schelling) de la Naturphilosophie, para quien en la naturaleza ha de presuponerse algún grado de consciencia que ‘congenie’ con nuestra subjetividad, al cabo un producto de aquella.

Queda el retrato del gran burgués, diplomático y señero, al que el radicalismo estudiantil del 67 y el 68 alemanes no pudo poner contra las cuerdas en los debates públicos. Un chascarro de los años 70 lo retrata con alguna gracia: «La conciencia moral del mundo (Weltgewissen) vive en Söcking{21}». No iremos muy allá emprendiendo en su caso indagaciones del estilo de la de Farías con Heidegger, que, si en lo técnico-filosófico es sobresaliente, después de todo documenta lo que más o menos se conocía del autor desde el terminus a quo de su discurso del rectorado de Friburgo (1933), por no hablar de la entrevista al Spiegel publicada tras su muerte. El aquí oportuno idiomatismo alemán offene Türen einrennen, ‘reventar puertas (ya) abiertas’, también serviría para von Weizsäcker. Cívicamente queda pequeño ante Einstein o Max Planck; siete años después de acabada la guerra, en 1952, hizo un primer intento de obtener por escrito claridad sobre el nazismo, y la cosa quedó en nada. En Farm Hall no había podido con la lectura de Hegel, pero escribió algún poema (malo); contrástese esto con los testimonios sobre la inhumanidad de dos coetáneos, Jean Améry (nacido en 1912, como él) y Merleau-Ponty (en 1908). Su propio hermano Richard ha tenido que reconocer que quien por entonces no cerraba ojos y oídos no podía pasar por alto cosas como los trenes con deportados que circulaban{22}. Desde su posición algo excéntrica –ya se ha sugerido su poco entusiasmo por los «metarrelatos de la modernidad» (Vattimo), y, que yo recuerde, es ocioso buscar nombres como Lévi-Strauss o Adorno en sus escritos; las pocas alusiones a Russell o Sartre suelen ir adobadas con algún desdén–, que es asimismo la de un pathos moral sin duda alguna exigente, su obra pone letra a un destino intelectual de mucho atractivo, ininteligible sin la revolución científica de entreguerras. Los existenciarios con que hubo de lidiar se concretan en catástrofes resumibles con dos topónimos, Auschwitz e Hiroshima, la emergencia de la edad atómica y la aceleración sin precedentes de la agresión a los ecosistemas del planeta. Aunque no siempre a la altura, él vivió mucho de todo esto en primera fila.

Notas

{1} Robert Jungk, Heller als tausend Sonnen, Scherz, Berna 1958. Hay traducción inglesa.

{2} Bernt W. Kubbig, «Hiroshima war ein tiefer Schock. Interview mit Dr. Carl Friedrich von Weizsäcker», W&F, Marburg: BdWi-Verlag, Heft 2/95.

{3} En El mundo alemán de Einstein. La promesa de una cultura, Barcelona: Paidós, 1999, expone Fritz Stern con tino la posición en que quedaron las élites alemanas, educadas prusianamente en la identificación, cuando no en la «coalescencia» con el Estado, cuando vinieron la capitulación 1918 y el movimiento revolucionario que siguió.

{4} Desde 1938 miembro del NSDAP y Oberführer de las SS (entre coronel y general) adscrito al Stab personal de Himmler. En 1943, por deseo propio, embajador ante el Vaticano, donde se refugió al producirse la invasión aliada de Italia; con Pío XII le unía una amistad personal. Detenido por los aliados en julio de 1947, fue acusado de crímenes de guerra en Núremberg por su intervención en la deportación a Auschwitz de judíos franceses (su firma está en el visto bueno a un documento oficial sobre el transporte de judíos a los campos del Este). Fue condenado a 5 años de cárcel, y 18 meses después liberado con una amnistía general.

{5} Carl Friedrich von Weizsäcker, Atomenergie und Atomzeitalter, Frankfurt: Fischer, 1957, pág. 71.

{6} Horst Kant, «Werner Heisenberg and the German Uranium Project», en: Max-Planck-Institut für Wissenschaftsgeschichte, Reprint 203, 2002, pág. 9.

{7} Horst Kant, op. cit., pág. 13.

{8} Citado en Mark Walker, «Ein Waffenschmiede? Kernwaffen- und Reaktorforschung am Kaiser-Wilhelm-Institut für Physik», en Max-Planck-Gesellschaft, Reprints / Vorabdrucke, 26, pág. 14.

{9} Horst Kant, op. cit.

{10} Muy informativo es Rainer Karlsch, Hitlers Bombe, Deutsche Verlags-Anstalt, Múnich 2005.

{11} Max y Hedwig Born, Ciencia y conciencia en la era atómica, Alianza, Madrid 1971, pág. 63.

{12} C. F. von Weizsäcker, Wahrnehmung der Zeit, Hanser, Múnich 1983, págs. 70 y ss.

{13} Marta Tafalla, Theodor W. Adorno. Una filosofía de la memoria, Herder, Barcelona 2003, pág. 58.

{14} Véase su Die Tragweite der Wissenschaft, Hirzel, Stuttgart 1976.

{15} Carl Friedrich von Weizsäcker, Bewußtseinswandel, Dtv, Múnich, pág. 480.

{16} Citado en Gianni Vattimo, Nihilismo y emancipación, compilación de Santiago Zabala, Paidós, Barcelona 2004, pág. 49.

{17} Marta Tafalla, op. cit., pág. 29.

{18} Véase sobre todo Aufbau der Physik, Hanser, Múnich 1985. No he consultado Zeit und Wissen (adviértase por cierto la coqueta proximidad del título con Sein und Zeit).

{19} Roger Penrose, El camino a la realidad. Una guía completa de las leyes del universo, Debate, Barcelona 2006. El original inglés es de 2004.

{20} Carl Friedrich von Weizsäcker, Aufbau der Physik, pág. 621.

{21} Donde tenía su casa, en Baviera.

{22} Richard von Weizsäcker, Vier Zeiten. Erinnerungen, Siedler, Berlín 1997. El autor, en los 80 y primeros 90 presidente de Alemania Federal, estuvo desde muy pronto por el «recomienzo moral» de su país, y no veo por qué no hay que creerle. Pero en las 18 páginas del capítulo que relata la peripecia final de su padre en Nüremberg –el hijo formó parte de la defensa–, no se menciona ni una sola vez la pertenencia (más o menos honoraria) de Ernst von Weizsäcker a las SS.