El Catoblepasnúmero 59 • enero 2007 • página 16

¿Realmente vale más muy tarde?

Ángel Repáraz

Sobre Grass y sus confesiones recientes

Un efecto derivado de las múltiples convulsiones que experimentaron las tres zonas de ocupación occidentales de Alemania en los primeros años de la posguerra –la demográfica en primer término–, fue el relevo abrupto sobrevenido entre las élites del campo literario. Y el «Grupo 47», reunido por vez primera en 1947 por iniciativa y bajo la firme dirección de Hans Werner Richter, por su composición generacional y por la novedad de su discurso interno se adaptaba óptimamente a la mentalidad que la reconstrucción hacía necesaria; además, desde pronto hubo en los encuentros del grupo una presencia muy significada de lectores de las grandes editoras, muy atentas a los talentos jóvenes. En abril de 1955 muere Einstein, en agosto Th. Mann: las luminarias del período de Weimar salen de escena. Los intelectuales de edad media se habían comprometido más de lo presentable con el nacionalsocialismo –tampoco Brecht los quería para el Berliner Ensemble–, de suerte que como tarde a mitad de los 50 eleva la voz la generación de autores que definirá durante decenios el rostro literario de la República Federal, y sólo en los noventa se produce otra fractura que indica la extinción de su hegemonía; hacia los primeros 60 destaca en el grupo una figura parental, Böll, premiado en 1958. Los antiguos servidores de baterías antiaéreas o los jóvenes soldados desmovilizados tras el cautiverio, urgentes y seguros de sí, inventan sobre la marcha unos lenguajes mientras recuperan el tiempo perdido –la gran literatura extranjera a que la provinciana Alemania hitleriana fue refractaria, o que prohibió– y, con excepciones, desatienden la literatura del exilio, no hay más que citar el destino de la obra de A. Zweig, A. Neumann, A. Döblin, L. Feuchtwanger o H. Mann (el otro estado alemán fue sin duda munificente con los suyos, pero eso representa una historia muy distinta, y, en general, muy poco «natural»).

Günter Grass, que empezó leyendo poesías en el grupo, adquiere nombradía con El tambor de hojalata (1959); la industria editorial en la RFA está por entonces muy bien asentada, ya en 1951 se publicaban 14.000 títulos. Al encuentro anual del «Grupo 47» de ese 1959 asistieron representantes de 15 editoriales, lo que, sin forzar mucho las cosas, hacía de aquella constelación una plataforma del mercado editorial –de Suhrkamp a la cabeza– de importancia suficiente para 'lanzar' autores; U. Johnson o P. Weiss no lo hubieran desmentido. La escisión adorniana entre arte y cultura industrial parece por un momento soldada con la constitución de un 'capital simbólico'{1} objetivado en premios, promociones o ediciones. Cuestión aparte es ya la del aislamiento social de estos escritores en la Alemania de la guerra fría, a pesar de las altas cifras de venta de sus libros{2}.

Y Grass destaca como publicista de tonos ácidos, provocativos a veces, sin bajar la guardia tampoco en los 90, en que profesa el «patriotismo constitucional» habermasiano; a consignar que el furor político de nuestro autor es más bien tardío. Su actividad pública rara vez ha estado libre de un impulso pedagógico, hasta purificador; su obra de creación, por otro lado, desde pronto es escoltada por lo más cualificado de la crítica literaria de la República Federal. H. M. Enzensberger, Hans Mayer o Walter Jens, George Steiner desde fuera han salido valedores de sus primeras novelas, la llamada Trilogía de Danzig. Aun sin el encanto de Enzensberger o la erudición de un W. Jens, para volver a sus pares, es sin ninguna duda un ensayista certero para el análisis y la denuncia; todavía no hace tanto hizo época su impugnación vehemente de la trapacería de empresarios, consorcios y políticos en la operación de absorción de la otra parte del país con la reunificación, a la que se oponía (sin tener muy en cuenta los intereses de los afectados, a propósito).

Pero primero ha necesitado de un rodeo muy caracterizador, y, consagrado ya con El tambor de hojalata, busca un refrendo adicional, más político. Y bien, sin iconoclastia, es decir, sin cuestionamiento del padre, estas cosas no suelen funcionar. Brecht y su conducta en junio de 1953, durante el levantamiento de Berlín Oriental, están en el visor de Los plebeyos ensayan el levantamiento (1966), formalmente teatro en el teatro en la tradición alemana de Tieck e intencionalmente –sin lograrlo– la puesta en solfa del intelectual en la tiranía. Lo que nos llega es una pieza estática, interna e históricamente inveraz, aunque no haya en ella ni una sola mención al autor cuestionado; no es desde luego irresolución, cortedad o silencio lo que se puede imputar en aquella situación a Brecht, de quien se sabía muy bien de qué lado estaba y que, lo más importante, el 17 de junio dirigió una destacada alocución sobre la 'miseria alemana' a sus colaboradores del teatro{3}. Al novelista debemos luego unos textos que testifican una vívida fantasía, pero que con pocas excepciones vienen asimismo de un anacronismo y un aliento 'adanista' sobre los que ha teorizado y que sorprenden mucho en el país donde sólo 40 años antes todavía publicaban novelas Feuchtwanger, Bruno Frank, Döblin y los Mann; no conviene olvidar a este respecto que la generación de Grass interviene en un país de cuya vida literaria, y por vez primera desde Heine y Börne, prácticamente han desaparecido los judíos. En general la recepción de Grass, por conspicuos que fueran sus soportes iniciales, ha sido todo menos uniforme, y aquí es inexcusable mencionar el seguimiento que ha hecho de su obra durante muchos años el crítico Marcel Reich-Ranicki.{4}

Los violentos arañazos que le llegan ahora desde diversos medios no son por tanto algo nuevo; el culto de latría que se le tributa es más cosa nuestra, de nuestra circunstancia. Lo que no se sabe bien es a quién pasará ahora el cetro de los prestigios en la república letrada alemana; están, ciertamente, las piruetas del brillantísimo Sloterdijk, o el hermetismo de Botho Strauß, o Habermas, o M. Walser y su deriva nacionalista, si bien estos dos últimos son de su edad, o casi. El hecho es que hemos entrado en una transición de fase, y el prolongadísimo ciclo de la contrición se ha cerrado; el propio Grass ha contribuido a ello con Al paso del cangrejo (2002), que muestra evidente comprensión por las víctimas civiles alemanas de la guerra.

De modo que la espada flamígera dirigida contra la hidra de la reacción fue un voluntario de las tropas de élite de Hitler{5}, las Waffen-SS{6}. En agosto del año pasado Grass admitía en una entrevista con la Frankfurter Allgemeine Zeitung que con 17 años estuvo en sus filas durante los últimos meses de la guerra; Der Spiegel se apresuró entonces a exhumar en su edición on-line tres documentos del ejército norteamericano que lo avalan. Ahora bien, el montaje escénico incluye la salida a la luz a principios de septiembre de sus propias memorias -con 150.000 ejemplares de tirada inicial-, Pelando la cebolla [Beim Häuten der Zwiebel]{7}, que se extienden desde el comienzo de la guerra hasta 1959. Hasta el momento las biografías del escritor (Vormweg, Neuhaus, &c.) proporcionaban el currículo estandarizado: instituto público (no acabó), Juventudes Hitlerianas, auxiliar de la artillería antiaérea, «servicio laboral» y a fines de verano de 1944 incorporación a una unidad antitanque de la Wehrmacht, con la que se dirige por poco tiempo al frente entre Lauban y Stettin.

La 'narración oculta' que ahora emerge, con todo, es rara vez concreta con sus seis semanas en la división de las SS 'Frundsberg'. Como aguafuerte crítico de un tiempo es además floja, como lo fue el El tambor de hojalata; en más de un sentido es una ampliación de la extensa palinodia que Grass ha ido distribuyendo en su obra anterior. De pantalón corto todavía se ofrece voluntario al arma de submarinos, y no es tomado en serio; con la solicitud en las Waffen-SS –el mito de lo «combativo», lo «europeo»– tiene más suerte, y a fin de 1944 está en un campamento de adiestramiento. «Hay que preguntarse: me horrorizaba lo que entonces no podía pasarse por alto en la oficina de reclutamiento como ahora, tras más de sesenta años, la doble S me resulta horrorosa en el momento de escribir»{8}. La frase, engastada en una historia de 480 páginas, es, como tantas aquí, una aproximación algo coqueta al sentimiento de vergüenza; todo con una reiteración en la cebolla bastante cargante. Las líneas rusas están ya inmediatamente próximas a fin de abril, es herido en una pierna, y acaba en un hospital de sangre. El miedo –sobre todo a los asesinos de la Feldgendarmerie, la policía militar– y el hambre están presentes prácticamente en todo momento en esta extensa y monocromática salmodia, machihembrada casi sin pausa por el signo de la interrogación y la perplejidad –«no sé cómo»–; pero la elección retórica de San Agustín, por muy insigne ejemplo, que en su composición no es tan distinta, suena a otra cosa muy diferente. Aquí el egómano pone, quita y distribuye todos los acentos: «Y también ha de mencionarse este motivo [para escribir el libro]: porque quiero quedarme con la última palabra»{9}.

Es suficientemente dudoso que Grass hubiera sido un autor exhibible de haberse sabido antes estas cosas. ¿Es imaginable la amistad de Paul Celan con alguien procedente de esa juventud, o su alocución en el Knesset israelí de marzo de 1967? El Nobel de literatura, que se le confirió en 1999, a Borges se lo escatimaron por bastante menos. Llámese instancia o conciencia moral o con cualquiera de las variantes que suelen citarse del mismo campo semántico –'apóstol de la moral', 'dedo acusador', &c.–: para el disfrute de sus réditos la ocultación era en cualquier caso condición inesquivable. Por lo demás, los problemas planteados con estas entidades traspersonales se tocan con los de la celebrada 'memoria histórica'. ¿Es delegable la conciencia, tiene algún sentido controlable además esta metafórica en las telepolis de hoy, cuando es ya técnicamente hacedero el ejercicio directo de la voluntad general rousseauniana?

Hasta la biografía más crítica integra, y no fuera más que por el frecuente 'rebobinado' de contenidos de la memoria que el sujeto realiza por fuerza a lo largo de los años, huecos o elaboraciones secundarias (no vividas) probablemente inevitables; ese protagonista, sobre todo, es otro que el que actuó antes (aquí con una diferencia superior a los sesenta años). Todo esto es muy de clavo pasado y hay que contar con ello; es indecidible si el malestar interno alegado por Grass responde a un pesar auténtico o no, quizá a la necesidad de un efecto catártico, pero sí sabemos que al otro lado del filo de la navaja, no muy lejana, está la hipocresía, o la impudicia. ¿Y si la «prinzipielle Amoralität» que Reich-Ranicki atribuye al narrador Grass{10} fuera extensible a otros ámbitos? No dispara un solo tiro y cambia stricto sensu de chaqueta: la ceguera política que lo llevó a los uniformes negros no desactivó precisamente su voluntad de supervivencia, un vector central de su ser. Antes de que se alistara había desaparecido un profesor en el campo de concentración, a su lado un muchacho que se negaba a coger las armas había tenido un destino similar, acaso peor aún, los judíos por su parte se evaporaban, y nada de eso lo disuade de su impulso «europeo» y «combativo». Pocos años después se manejaba en el mercado negro de la posguerra «con la facilidad de la carencia de escrúpulos»{11}.

Incuestionable, aún así, permanece el fundamentum in re de su larga y acerba crítica de ciertos lados de la RFA, de las herencias de arrogancia –en los primeros sesenta administra K. Adenauer como canciller federal el llamado milagro económico al frente de un gobierno que insulta a los escritores{12}, y Erhard, su sucesor, hablaba de «arte degenerado», como ha recordado el propio Grass–, del primitivismo en las conductas públicas. Parecía claro que esto no iba a quedar sin respuesta. ¿Se reduce a nada con todo esto el crédito de su figura pública? Más pertinente que abandonarse a jeremiadas del estilo de las de Derrida, algo bombásticas, cuando descubre la obra crítica de Paul de Man en la Bélgica de la ocupación, ya hemos sugerido que sería empezar con un examen algo premioso del valor denotado y connotado por fórmulas como 'autoridad moral', &c. (por cierto que el sintagma «conciencia [moral] de la nación» se encuentra ya en los años 30 en boca de algún profesor nazi). Ya puestos, Herbert von Karajan se afilió con 25 años al NSDAP, y no da la impresión de que tal paso perjudicara su carrera. Por el otro lado de la cuestión, resulta que lo desvelado ahora ni siquiera es novedad; lo había publicado hace años Le Figaro, y la ficha con la ejecutoria militar de Grass era de acceso público en la central de información sobre la Wehrmacht de Berlín. Habría que indagar más en contextos recientes, con una RFA más potente y con alguna dificultad en su proyección exterior y sus alianzas, también en el significado político efectivo de esas 47 firmas de escritores, artistas e intelectuales árabes que se solidarizan con él y con su pasado como bravo integrante de las Waffen-SS.{13}

Notas

{1} Podríamos continuar utilizando la terminología de P. Bourdieu para hablar del alza que se produjo con este mecanismo en la cotización de determinados valores (literarios). Sólo que la imagen de la bolsa para la promoción en la literatura ya la empleó L. Börne en los años 30 del XIX.

{2} Inmejorables observaciones sobre esto en Jean Améry, «Im Schatten des Dritten Reichs», p. 535 y ss. de Werke 2, Stuttgart: Cotta, 2002.

{3} Son muy informativos Joachim Lang y Jürgen Hillesheim (eds.), 'Denken heißt verändern...' – Erinnerungen an Brecht, Augsburg: MaroVerlag, 1998.

{4} De gran interés Marcel Reich-Ranicki, Unser Grass, Múnich: dva, 2003.

{5} En las listas de ex-miembros de las Waffen-SS encontramos, sin salir de la literatura o la filología, nombres tan conocidos como Jauß o Holthusen (y, saliéndonos, Hardy Krüger, Hanns-Martin Schleyer y Fritz Thyssen).

{6} Las Waffen-SS, al mando de Himmler –durante la guerra las unidades mejor equipadas–, fueron rodeadas por la propaganda con la aureola de la invencibilidad; hacia abril de 1945 contaban todavía con unos 800.000 hombres en armas. Está más que probada su participación activa en múltiples crímenes de guerra. Lateralmente, por así decir, hubo también destacamentos de las Waffen-SS sin rango de división y formadas por no alemanes: croatas, cosacos, rumanos, búlgaros, caucásicos, daneses, noruegos, calmucos o serbios, hasta ingleses. También hay que citar aquí las compañías 101 y 102 de voluntarios españoles, que formaron una pequeña 'legión' en el frente Este.

{7} Günter Grass, Beim Häuten der Zwiebel, Göttingen: Steidl, 2006.

{8} Günter Grass, op. cit., pág. 12.

{9} Günter Grass, op. cit., pág. 8.

{10} Marcel Reich-Ranicki, op. cit., pág. 33.

{11} Günter Grass, op. cit., pág. 34.

{12} En tanto que la administración pública hacía de 'gran atractor' de antiguos nazis, no siempre chicos (Globke, Gehlen). En 1951 se había fundado la HIAG, una agrupación de antiguos miembros de las Waffen-SS; que el Tribunal Internacional de Nuremberg hubiera declarado organización criminal también a las Waffen-SS era algo que al ex-alcalde de Colonia no parecía preocupar mucho.

{13} Puede consultarse www.nzz.ch/2006/09/14/fe/articleEHI127.html